Sigifredo Ospina Ospina
Psicólogo, Magíster en Sociología y C. a D. en Lenguaje y Cultura.
Director Académico, Academia Internacional de Cibernética Social proporcionalista-ACSP
Súbitamente, ante la incredulidad generalizada y la resistencia de los más soberbios oficiales del saqueo planetario, un invisible pero poderoso nano-organismo confina en sus cuatro paredes de espacio individual a dos terceras partes de la población humana y amenaza al resto.
Es necesario reafirmar la interrelación sistémica entre los diferentes niveles de complejidad de la realidad, el mundo fisicoquímico, biológico, subjetivo e intersubjetivo o sociocultural para entender y aprender las lecciones de esta especie de ensayo global sobre la fragilidad humana propiciada por la naturaleza y la mutación del Coronavirus en la forma del Sars-CoV-2. Esto, en la hipótesis de que es un fenómeno de mutación natural y no una macabra producción biotecnológica con deliberadas intenciones políticas en la lucha de las potencias por la hegemonía mundial.
Todos los niveles, desde la complejidad simple hasta la cultura producida por el cerebro humano están estructurados por el principio triádico de “juego” permanente entre un componente dominante u oficial, uno opositor u antioficial y uno de mayorías disponibles y susceptibles de gran manipulación denominados oscilantes (W. Gregori, 2012). Son los sujetos de la organización social actual donde los oficiales son los poquísimos dueños del 80% de la riqueza mundial, con sus obsecuentes políticos y santificadores; un cada vez más menguado grupo de antioficiales en la resistencia y unas mayorías enajenadas y manipuladas por la minoría de oficiales. Este es un llamado para que la rueda de la vida gire por el papel consciente de antioficiales y oscilantes en la construcción de alternativas a la situación colectiva terminal en que nos encontramos.
Digo que la emergencia de este virus constituye una especie de ensayo, porque sus efectos físicos no pasarán de ser, a pesar de todo el dolor y las privaciones producidas, más que un rasguño para el cuerpo de la humanidad, más equipada que nunca para combatir una pandemia como esta. Sus efectos, en cambio, pueden ser de una trascendencia inusitada si sabemos tomarla como advertencia para la necesaria reorientación del sentido dominante sobre la vida como oportunidad individual, grupal y nacional de expoliación y acaparamiento, en una perspectiva de desarrollismo a ultranza, de todas las reservas naturales y de todas las demás formas de vida. Se trata de una estrategia no adaptativa, a todas luces inviable para la sobrevivencia de las especies, empezando por la humana.
El virus da tiempo de resguardarse, de hacerle seguimiento, de buscarle la contra, de hacerle el quite, de agazaparnos. Pero las consecuencias de la superpoblación, del agotamiento de los recursos, de la producción insostenible e insustentable, de la contaminación de los océanos y la biosfera y un largo etcétera acelerado por el modo capitalista neoliberal enceguecido por la avaricia y la insensatez, tienen a la vida en el planeta en una situación abismal de no retorno con sus consecuencias de “fractura climática” expresada en el deshielo polar, los incendios incontrolados en todos los continentes, los cambios en las dinámicas de los vientos, etc., anunciando que en el momento menos pensado una ruptura de un eslabón clave en la cadena ecosistémica, sin previo aviso, nos pueda, masivamente, silenciar para siempre.
La filosofía y la sociología política, en perspectiva crítica, han indagado siempre por el “sujeto revolucionario” que contrarreste las penurias del capitalismo. Siempre pensando, como es esperable, en un sujeto dentro del reino de lo humano. La sorpresa con este virus, obviamente por fuera de los niveles de conciencia, es que se constituye en ese “sujeto revolucionario” con capacidad de lograr lo que ninguna propuesta política, ninguna prédica admonitoria, ninguna advertencia de los más creíbles científicos, ni movimiento social alguno lograría ni habría logrado: detener por ya cerca de dos meses, el frenesí consumista, desarrollista y expoliador de los seres humanos con sus fatídicos efectos sobre todo el ecosistema.
Por ahora el más beneficiado es el planeta mismo. Hemos vuelto a ver amaneceres de aire limpio y arreboles multicolores ya olvidados en los atardeceres de las ciudades. Los niveles de nitrógeno y de carbono (NO2-CO2) han bajado sustancialmente y algunas especies de animales deambulan por territorios vedados por la presencia humana.
A nivel del sujeto, lo que desnuda esta parca invisible es que el traje imperial de la arrogancia no sirve contra ella, tampoco el tamaño de las alforjas. Los países que se han demorado en tomar medidas de aislamiento la han pagado con mayor número de contagios y muertes. Por supuesto, juventud y riqueza son trincheras que confirman una vez más que la soga se rompe por la parte más débil, ancianos, enfermos y pobres.
Los “seres efímeros” obsequiados con el fuego de los dioses por Prometeo, debemos ser conscientes de que el momento vital de cada no puede seguir siendo una gesta frenética de apropiación del mayor espacio posible y de acumulación a ultranza como si fuéramos a vivir mil vidas. La reorientación del sentido personal que tiene nuestra vida pasa por el aprendizaje de la sobriedad como conducta sostenible para la sobrevivencia de la especie a largo plazo. Tener solo el espacio necesario y tomar solo lo que se requiere.
Quizás lo más importante de este “revolcón de los virus” es la evidencia de que los sistemas de organización social predominantes son un fracaso. El sometimiento del estado, de sus políticos y políticas, al igual que del poder religioso a los intereses de los conglomerados empresariales y a los banqueros, ha desbaratado cualquier noción de democracia y de justicia social dejando sin piso los discursos bien intencionados de los filósofos de la tercera vía, de la justicia distributiva y del reconocimiento. A pesar de todas estas retóricas, el utilitarismo a ultranza sigue la carta de navegación de la producción humana.
La cultura predominante en la modernidad ha sido la patente de corso para actuar sobre el mundo positivo, lo cual ha permitido el desarrollo del pensamiento científico y la tecnología. Sin embargo, ante la casi total ausencia de parámetros éticos, sobre todo en los tiempos del capitalismo neoliberal, la ciencia y la tecnología también han mostrado su lado oscuro al servicio del armamentismo, la alteración de los ritmos naturales y la manipulación política de las mentalidades.
Por otro lado, las artes, la espiritualidad y la convivencia han pasado a un segundo plano, convirtiendo a los seres humanos en instrumentos cosificados del mercado, del tener y la apariencia, alejándonos de las posibilidades de la felicidad, la celebración, la espiritualidad, las artes y el amor. Reorientar el sentido de la vida empieza por negarse a aceptar esa “unidimensionalidad” y asumir colectivamente un sentido más integral sobre la condición humana.
Así mismo, implica un pacto de las naciones, para que por fin se escuche el llamado de emergencia de los informes científicos sobre el agotamiento ecosistémico y se plantee un modelo de sobrevivencia sostenible en armonía y respeto con las demás especies y la naturaleza en una perspectiva de largo plazo.
Es la oportunidad de pensarnos como ciudadanos planetarios con deberes y derechos universales en una carta nueva de unión planetaria donde no haya exclusivismos como el derecho a veto de las grandes potencias que ha hecho de la actual ONU un costoso rey de burlas.
Es el momento de entender que las culturas particulares deben aportar al acervo común de la humanidad y que ninguna práctica cultural étnica o grupal puede estar por encima de principios éticos que garanticen la dignidad humana, ni imponerse sobre otras. Se trata del respeto a la diferencia de acuerdo con la dignidad y la libertad.
La reorientación del sentido podría empezar, si la sobriedad planteada no es posibleE, por asumir una perspectiva proporcionalista tomando como modelo la ley áurea natural de producción, apropiación y distribución donde las diferencias se dan dentro del rango de un piso mínimo que a nivel social significarían lo básico para una vida buena y digna, y de un techo que establecería los límites de la diferencia en la parte superior. La humanidad no puede seguir trabajando para la acumulación de los banqueros y las corporaciones que son escasamente el 1% de la población. El enceguecido modelo desarrollista de fijación de metas ilimitadas en un mundo de recursos finitos debe ser regulado por los estados pues nos tiene en el umbral del agotamiento irreversible.
Seguramente esa minoría depredadora corporativo-financiera espera que todo pase, asumiendo las muertes que se produzcan en la actual pandemia como un ajuste funcional dentro del más cínico darwinismo social, para que todo siga igual. Pero nosotros estamos obligados a pensar y exigir militantemente un modelo de sobrevivencia que garantice la continuidad de la razón y de la vida en sus múltiples expresiones.
La tecnología puede estar de nuestro lado: convertir el celular en un “fucell” para disparar cadenas de bloqueo a acciones de saqueo de las multinacionales; para generar movilizaciones masivas contra campañas de consumo superfluo; para resistir políticas de control hegemónico a través del miedo, el terror y la manipulación emocional de las mentalidades. El futuro de la vida está en nuestras manos, en particular de la juventud que ve cómo los oficiales planetarios les acortan sus horizontes asfixiando sus posibilidades de gozarse la existencia.
Bogotá D.C., Abril de 2020.

1 Comments:
Excelente artículo. Todos debemos poner de nuestra parte.
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